La krakatita
La krakatita —¿La… la ama hasta tal punto? —dijo, casi atragantándose de emoción o de admiración. Prokop no respondió—. La ama —repitió Rohn, y lo abrazó—. Sea fuerte. ¡Abandónela, márchese! ¡Esto no puede continuar asÃ, compréndalo, compréndalo de una vez! ¿A dónde nos llevarÃa esto? Por favor, por dios, compadézcase de ella, ahórrele el escándalo. ¿Es que piensa que podrÃa ser su esposa? Quizás le ame, pero… es demasiado orgullosa; si tuviera que renunciar al tÃtulo de princesa… ¡Oh, es imposible, imposible! No quiero saber lo que ha habido entre vosotros, pero ¡márchese si la quiere! ¡Márchese, rápido, márchese esta misma noche! En nombre del amor, márchate, amigo; te conjuro, te lo ruego en su nombre; la harÃas la mujer más feliz del mundo… ¿No te basta con eso? ¡Protégela, ya que ella misma no es capaz de protegerse! ¿La amas? ¡Entonces sacrifÃcate por ella!
Prokop estaba de pie, inmóvil, con la frente inclinada como un carnero, pero le bon prince sentÃa que, en su interior, aquel tronco negro y tosco se estaba convirtiendo en astillas y restallando de dolor. La compasión le oprimÃa el corazón, pero todavÃa tenÃa reservada un arma; no le quedaba otra salida, tuvo que desenfundarla.