La krakatita
La krakatita Cuando llegó al laboratorio intentó cerrarle a Holz la puerta en las narices para hacerse fuerte en el interior, pero el señor Holz consiguió susurrar a tiempo: «La princesa».
—¿Qué ocurre? —Prokop se volvió hacia él rápidamente.
—Ha tenido a bien ordenarme que me quede con usted.
Prokop fue incapaz de contener una alegre sorpresa.
—¿Te ha sobornado?
El señor Holz negó con la cabeza y su cara apergaminada sonrió por primera vez.
—Me dio la mano —dijo con respeto—. Le prometà que no le ocurrirÃa nada.
—Bien. ¿Tienes una pistola? Ahora vas a vigilar la puerta. No puede pasar nadie, ¿entiendes?
El señor Holz asintió, y Prokop llevó a cabo un rápido reconocimiento estratégico de todo el laboratorio para comprobar su inexpugnabilidad. Medianamente satisfecho, colocó sobre la mesa distintas latas, botes y cajas de metal que tenÃa a mano, y descubrió, con no poca alegrÃa, un montón de clavos. Entonces se puso a trabajar.
