La krakatita
La krakatita Por la mañana el señor Carson, como si no pasara nada, fue paseando al laboratorio de Prokop. Éste lo vio desde lejos, sin abrigo, practicando el lanzamiento de piedra frente a un edificio.
—¡Un deporte muy sano! —gritó alegre en la lejanÃa.
Prokop se puso el abrigo de prisa.
—Sano y útil —respondió de buena gana—. Y bien, ¿qué querÃa decirme?
Los bolsillos de su abrigo abultaban una barbaridad y se oÃan chasquidos en su interior.
—¿Qué tiene en los bolsillos? —preguntó Carson despreocupado.
—Un ácido de cloro —dijo Prokop—. Cloro explosivo y asfixiante.
—Hum. ¿Por qué lo lleva en los bolsillos?
—Porque sÃ, por diversión. ¿Quiere decirme algo?
—Ahora ya nada. Por el momento será mejor que nada —dijo el señor Carson inquieto y manteniéndose relativamente lejos—. ¿Y qué más tiene en esas… en esas cajas?
—Clavos. Y esto —sacó de un bolsillo del pantalón una cajita de vaselina y se la enseñó—, es benceno tetraoxizónico, una novedad dernier cri. ¿Eh?
—No deberÃa agitarlo tanto —opinó el señor Carson retrocediendo aún más—. ¿Desea usted algo?