La krakatita
La krakatita —Efectivamente —coincidió Prokop—. Pero a mà tampoco se me ocurrió antes que tenÃa este as en la manga. ¿Y bien?
Carson se encogió de hombros.
—Por el momento… ¡Señor, si es una naderÃa! Me alegro muchÃsimo de poder concedérsela. Le doy mi palabra, me alegro una enormidad. ¿Y usted qué? ¿Nos dará esos cincuenta gramos?
—No. Los eliminaré yo mismo; pero… antes quiero comprobar que sigue en pie nuestro antiguo acuerdo. Libertad de movimientos, etc., ¿eh? ¿Recuerda?
—Nuestro antiguo acuerdo —refunfuñó el señor Carson—. Al diablo con nuestro antiguo acuerdo. Entonces aún no estaba… Entonces aún no tenÃa una relación…
Prokop pegó un salto sobre él hasta hacer tintinear las latas.
—¿Qué es lo que ha dicho? ¿Qué es lo que no tenÃa?
—Nada, nada —se apresuró a decir Carson, parpadeando rápidamente—. Yo no sé nada. No tengo ningún interés en sus asuntos privados. Si se quiere pasear por el parque, es cosa suya, ¿o no? Pero por el amor de dios, váyase ya y…
—Escuche —dijo Prokop con suspicacia—, no se le ocurra cortar la corriente eléctrica de mi laboratorio. De lo contrario yo…