La krakatita
La krakatita —De acuerdo, de acuerdo —le aseguró Carson—. Statu quo, ¿eh? Mucha suerte… Uf, malnacido —añadió abrumado cuando Prokop ya habÃa salido por la puerta.
Haciendo restallar el metal, Prokop se dirigió al parque, pesado y macizo como un obús. Delante de palacio habÃa un grupo de caballeros; nada más avistarlo, iniciaron el repliegue a la desbandada, obviamente ya informados sobre aquel poderoso explosivo y armado, y sus espaldas expresaron la más profunda indignación por «tener que aguantar algo asû. Por allà iban el señor Krafft y Egon, llevando a cabo el método de enseñanza peripatético; al ver a Prokop, Krafft dejó plantado a Egon y corrió hacia él.
—¿Puede darme la mano? —preguntó, mientras se sonrojaba ante su propia heroicidad—. Ahora seguramente me despedirán —dijo con orgullo. Por Krafft se enteró de que en palacio se habÃa corrido la voz, a la velocidad del rayo, de que él, Prokop, era un anarquista; y en vista de que justo esa noche tenÃan que recibir a cierto heredero al trono… En resumen, querÃan telegrafiar a Su Alteza para que retrasara su llegada; justo en ese momento estaba teniendo lugar un gran consejo familiar.