La krakatita
La krakatita El pasillo estaba vacío. Caminó todo lo sigilosamente que pudo hasta los aposentos de la princesa y esperó delante de la puerta, inmóvil como uno de los caballeros con armadura del vestíbulo de abajo. Salió la doncella, que emitió un grito horripilante, como si hubiera visto un fantasma, y desapareció tras la puerta. Después de un rato la abrió, bastante descompuesta, y retrocediendo le hizo indicaciones, sin decir una palabra, para que entrara, tras lo cual desapareció lo más rápidamente posible. La princesa salió a su encuentro a duras penas: iba cubierta con una larga capa; era obvio que había saltado tal cual de la cama, tenía el pelo mojado y pegado sobre la frente, como si acabara de quitarse una compresa fría, y tenía una palidez cenicienta y de bastante mal aspecto. Se le colgó del cuello y elevó hacia él sus labios, agrietados por la fiebre.
—Eres un encanto —susurró adormecida—. Tengo la cabeza a punto de explotar por la migraña, ¡oh, dios! Dicen que llevas los bolsillos llenos de bombas. Yo no te tengo miedo. Ahora vete, estoy horrible. Iré a verte al mediodía; no iré a comer, diré que no me encuentro bien. Vete. —Rozó la boca de Prokop con los labios, doloridos, pelados, y se cubrió la cara, para que no pudiera verla.
