La krakatita
La krakatita Al atardecer llegó el heredero al trono en cuestión. Junto a la entrada, la compañía de honor, el anuncio, la servidumbre en fila, y ese tipo de protocolos; tanto el parque como el palacio con iluminación de gala. Prokop estaba sentado en un montículo delante del laboratorio y contemplaba con ojos adustos el palacio. No pasaba nadie por allí; reinaba el silencio y la oscuridad, tan sólo brillaba el palacio con intensos haces de luz. Prokop suspiró profundamente y se levantó.
—¿A palacio? —preguntó el señor Holz, y pasó un revólver de uno de sus bolsillos del pantalón a un bolsillo de su perenne gabardina.
Atravesaron el parque, ya a oscuras. En dos o tres ocasiones retrocedió ante ellos una silueta que se adentró en la espesura; unos cincuenta pasos tras ellos se oían continuamente unas pisadas sobre el follaje caído, pero por lo demás estaba desierto, crudamente desierto. Tan sólo un ala de palacio llameaba a través de los grandes ventanales dorados.
Era otoño, ya era otoño. ¿Acaso en Týnice el pozo aún goteaba con un sonido argénteo? ¿Ni siquiera soplaba el viento, y sin embargo se oía un frío murmullo sobre el suelo o entre los árboles? En el cielo, con una estela rojiza, cayó una estrella.