La krakatita
La krakatita Unos cuantos caballeros con frac: mira qué estupendos y felices; apenas habían salido a la superficie de la escalinata de palacio, parloteando, fumando, riéndose, y ya estaban regresando al interior. Prokop estaba sentado, inmóvil, en un banco, dando vueltas con los dedos a una caja de latón. De vez en cuando lo hacía sonar, como un niño su sonajero. En el interior, una cucharilla rota, un anillo y la sustancia innominada.
El señor Holz se acercó con timidez.
—Ella no puede venir hoy —dijo con parquedad.
—Ya lo sé.
En el ala de invitados se iluminaron las ventanas. Aquella fila eran «los aposentos del príncipe». Luego brilló todo el palacio, etéreo y calado como un sueño. Allí se podía encontrar todo: riquezas inauditas, belleza, ambición, y gloria, y dignidad, condecoraciones sobre el pecho, placeres, el arte de vivir, sutileza, ingenio, aplomo. Como si fueran personas diferentes… personas diferentes a nosotros…