La krakatita
La krakatita Como un niño obstinado, Prokop hacía sonar su sonajero. Poco a poco se iban apagando las luces; aún estaba iluminada aquélla, la de Rohn, y ésa roja, en la que está el dormitorio de la princesa. Oncle Rohn abrió las contraventanas y aspiró el frescor nocturno; después se paseó de la puerta a la ventana, de la puerta a la ventana, una y otra vez. Tras la ventana de la princesa, con las cortinas corridas, no se movía ni una sombra.
Incluso oncle Rohn había apagado ya la luz; únicamente resplandecía aquella ventana rojiza. «¿Encontrará el pensamiento humano un camino? ¿Cruzará y se abrirá paso a la fuerza a través de esos cien metros de espacio silente para alcanzar el cerebro vigilante de otra persona? ¿Qué recado debo enviarte, princesa tártara? Duerme, ya es otoño; y si existe algún dios, que acaricie tu ardorosa frente».
La ventana roja se apagó.