La krakatita

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XXXIX

Por la mañana decidió no ir al parque; sospechaba, con razón, que sería una molestia. Se situó en un paraje relativamente angosto y semidesértico en el que se encontraba un camino directo de palacio a los laboratorios, perforado a través de una antigua muralla cubierta de vegetación. Se encaramó a la muralla, desde donde, medio escondido, podía ver un ángulo del palacio y un pequeño segmento del parque. Le gustó el sitio; enterró allí unas cuantas de sus granadas de mano y observó por turnos el parque, un cárabo apresurado y unos gorriones sobre unas ramitas que se balanceaban. En determinado momento se posó allí incluso un petirrojo, y Prokop observó sin aliento su rubicundo cuello; pió, sacudió la cola y frrr, desapareció.

Abajo, en el parque, la princesa caminaba acompañada de un hombre alto, joven; tras ellos, a una respetuosa distancia, un grupo de caballeros. La princesa miró hacia un lado y agitó la mano, como si sujetara con ella una vara y azotara con ella la arena. No se veía más.

Bastante tiempo después apareció oncle Rohn con el obeso cousin. Después, de nuevo, nada. ¿Merecía entonces la pena estar allí sentado?

Era casi mediodía. De repente, tras la esquina del palacio, emergió la princesa, que se dirigió directamente hacia el lugar en el que estaba Prokop.


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