La krakatita

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XL

Seguía lloviendo. El obeso cousin, con el pañuelo blanco del mediador, fue a proponer a Prokop que desistiera, que le devolverían su laboratorio, etc., etc. Prokop anunció que no iba a marcharse de allí a menos que lo hicieran saltar por los aires, pero ¡que antes haría algo que sería digno de verse! El cousin regresó con aquella tétrica amenaza; en palacio, por lo visto, no llevaban muy bien que el acceso particular a palacio estuviera bloqueado, pero no quisieron armar ningún revuelo con el asunto.

El doctor Krafft, pacifista, rebosaba propuestas beligerantes y descabelladas: interrumpir el tendido eléctrico del palacio, cortarles las cañerías, fabricar un gas asfixiante y liberarlo en palacio. Holz encontró un periódico atrasado; sacó unos lentes de su bolsillo secreto y leyó durante todo el día, lo que le daba un aire tremendamente parecido al de un profesor universitario. Prokop se aburría de un modo incontenible; ardía en deseos de llevar a cabo una gran hazaña, pero no sabía cómo. Finalmente dejó a Holz vigilando la casita y fue con Krafft al parque.

En el parque no se veía a nadie; las fuerzas enemigas seguramente estaban concentradas en palacio. Rodeó el palacio hasta el flanco en el que se encontraban los cobertizos y las cuadras.


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