La krakatita
La krakatita Carraspeó ante la caseta del jefe y de vez en cuando decía unas palabras a media voz para atraer su atención. Por fin, Prokop salió con los labios apretados y una mirada extraña en los ojos. Krafft lo guió por la nueva fortaleza, le mostró todo, le demostró incluso lo lejos que lanzaba las piedras a los enemigos, aunque al hacerlo por poco cayó volando al agua. Prokop no dijo nada, pero le pasó el brazo por los hombros y lo besó en la mejilla; y el doctor Krafft, todo rojo de alegría, habría hecho de buena gana diez veces más de lo que había hecho hasta ese momento.
Se sentaron en un banco junto al agua, en el que solía tomar el sol la princesa trigueña. Al oeste se habían levantado las nubes y asomaba un firmamento infinitamente lejano, de un dorado algo enfermizo; el estanque entero se encendió, resplandeció, se enterneció con un brillo pálido y conmovedor. El doctor Krafft empezó a desarrollar una flamante teoría sobre la guerra eterna, la prevalencia de la fuerza, la salvación del mundo a través del heroísmo; estaba en total discordancia con la torturante melancolía de aquel atardecer otoñal, pero por suerte el doctor Krafft era corto de vista y, aparte de eso, idealista, y como consecuencia de ello sencillamente ajeno a las circunstancias que lo rodeaban. Independientemente de la belleza cósmica de aquel instante, ambos sentían frío y hambre.