La krakatita
La krakatita Pero allí, en tierra firme, con pasitos cortos y apresurados, se aproximaba el señor Paul con una cesta al brazo, oteaba a derecha e izquierda y de vez en cuando gritaba con su vocecilla de anciano: «¡Cucú! ¡Cucú!». Prokop se acercó a él en su acorazado; quería saber por todos los medios quién lo había enviado con la cesta.
—Nadie, señor —aseguró el anciano—; pero mi hija, Alžbeta, es el ama de llaves. —Por poco se pone a contar la vida y milagros de su hija Alžbeta, pero Prokop le acarició el pelo canoso y le dio el recado, para alguien innominado, de que no le faltaban ni salud ni fuerzas.