La krakatita
La krakatita Aquel día el doctor Krafft bebió prácticamente solo, parloteó, filosofó y de nuevo mandó al diablo toda la Filosofía: los actos, decía, los actos lo son todo. Prokop temblaba en el banco de la princesa y miraba continuamente una estrella (dios sabe por qué eligió precisamente aquélla), la anaranjada Betelgeuse, en la constelación de Orión. No era cierto que no le faltara salud: sentía unos pinchazos extraños en los mismos lugares en los que se oían ruidos y rumores antaño en Týnice, le daba vueltas la cabeza y tiritaba derrotado por la fiebre. Cuando después intentó decir algo, se le trabó la lengua y tartamudeó de tal modo que al doctor Krafft se le pasó la borrachera y se inquietó sobremanera. Rápidamente acostó a Prokop en el sillón de la caseta, lo tapó con todo lo posible, incluso con el albornoz plisado de la princesa, y le puso en la frente una servilleta humedecida que cambiaba periódicamente. Prokop aseguraba que era un catarro; hacia medianoche concilio el sueño y empezó a farfullar, perseguido por sueños aterradores.