La krakatita
La krakatita Se despertó del sueño sobresaltado, cubierto y empapado de un terrible sudor. ¿Dónde… dónde estaba? El techo sobre él se bamboleaba y se ondulaba; nonono, caía, descendía en espiral, se deslizaba lentamente como una enorme prensa hidráulica. Prokop quería gritar, pero era incapaz; y el techo ya estaba tan abajo que podía distinguir una mosca transparente que se había posado en él, un grano de arena en el revoque, cada irregularidad de la pintura. Cada vez estaba más abajo; Prokop lo miraba con un horror que le cortaba la respiración, incapaz de emitir más que un sonido ronco. La luz se apagó; reinaba una profunda oscuridad: ahora lo aplastaría. Prokop ya podía sentir el techo rozando sus pelos erizados, y empezó a gemir sin voz. Ahahá, encontró a tientas la puerta, la empujó y se precipitó al exterior: también allí reinaba la oscuridad, pero no era oscuridad, era una niebla negra como la boca del lobo, una niebla tan espesa que no podía respirar y que se asfixiaba, sollozando de terror. «Ahora me ahogará», se horrorizó, y huyó pisoteando a-a-algunos cu-cuerpos vivos que todavía se retorcían. Se inclinó, alargó los brazos y sintió bajo su mano un pecho joven y grande. «Es… es… es… Anči», se alarmó, y palpó su cabeza; pero en lugar de la cabeza aquello tenía un plato, un plato de po-porcelana lleno de algo pegajoso y esponjoso, como unos pulmones bovinos. Se apoderó de él un pavor rayano en la náusea e intentó apartar las manos, pero aquello se le había pegado, se restregaba, se adhería y reptaba por sus brazos. Era la krakatita, una sepia húmeda y gelatinosa con los ojos brillantes de la princesa, que estaban clavados en él con una mirada apasionada y enamorada. Se deslizaba por su cuerpo desnudo buscando dónde asentar su obsceno, chorreante trasero. Prokop no podía respirar, luchaba con ella, hincaba los dedos en aquella dúctil sustancia viscosa, y, finalmente, volvió en sí.
