La krakatita
La krakatita El señor Carson asentÃa, verdadera y profundamente conmovido.
—Asà es —dijo—. Aunque yo sólo sea un idiota, un viejo canalla, debo decir que… que… Ya se lo dije, esta mujer es de raza. Dios santo, uno puede verlo en seguida… —Se golpeó el pecho con el puño, sobre su corazón, y parpadeó emocionado—. Amigo, le estrangularÃa si… si no fuera digno de…
Prokop ya no lo escuchaba; se levantó de un salto y empezó a recorrer la habitación con el rostro crispado y descompuesto.
—Asà que… asà que debo hacerlo, ¿verdad? —decÃa entre dientes con voz ronca—. ¿Asà que debo hacerlo? Bien, entonces, si debo hacerlo… ¡Me han cogido desprevenido! Yo no querÃa…
Oncle Rohn se levantó y le puso la mano en el hombro suavemente.
—Prokop —dijo—, has de decidir por ti mismo. No te acuciaremos: arregla cuentas con la parte mejor que hay en ti; apela a Dios, al amor, a tu conciencia o a tu honor. Tan sólo recuerda que no se trata únicamente de ti, sino también de la que te ama hasta tal punto que está dispuesta… a actuar… —Agitó la mano en un gesto de impotencia—. ¡Vámonos!