La krakatita
La krakatita Permanecieron despiertos, acurrucados el uno junto al otro, con los ojos abiertos de par en par, contemplando la penumbra. Prokop podía sentir el corazón de la princesa latiendo febril. Ella no pronunció ni una palabra durante esas horas; lo besaba insaciable para desasirse de nuevo, colocaba un pañuelo entre sus labios y los de Prokop, como si temiera respirar sobre ellos. Ahora había vuelto la cabeza y miraba afiebrada la oscuridad…
Prokop se sentó y se abrazó las rodillas. «Sí, perdido, capturado en una trampa, esposado; he caído en manos de los filisteos. Y ahora que ocurra lo que tenga que ocurrir. Dejarás un arma en manos de individuos que harán uso de ella. Miles y miles de personas morirán. Así que mira, ¿no es eso que se extiende ante ti un campo infinito sembrado de ruinas? Esto solía ser una iglesia, y esto una casa; esto era una persona. Horrible es la fuerza y malvado todo lo que surge de ella. Maldita sea la fuerza, alma malvada y sin redención. Como la krakatita, como yo, como yo mismo».
