La krakatita
La krakatita Se detuvo y, estremeciéndose de horror, aguzó el oído por si escuchaba el estrépito del coche al estrellarse en alguna curva de la carretera. ¿No era aquello el violento zumbido del motor en la distancia? ¿No era aquello el silencio terrible y mortal del fin? Fuera de sí, Prokop corrió tras ella por la carretera. Bajó corriendo la curva, hasta el pie de la cuesta: ni rastro del coche. Corrió de nuevo hacia arriba, buscando por las laderas; descendía arrastrándose, destrozándose las manos, hasta donde avistaba algo oscuro o algo brillante: era la maleza, o una piedra; y se encaramaba de nuevo hasta la carretera, dando trompicones, clavando la mirada en la oscuridad por si… por si hubiera en algún sitio un montón de chatarra, y bajo él…
