La krakatita
La krakatita —Su situación es única —continuó hablando sin dejar de caminar por la habitación—. Ha rechazado la oferta de un gobierno; ha actuado usted como un hombre sensato. ¿Qué puedo prometerle yo en comparación con lo que puede coger usted mismo? EstarÃa usted loco si dejara escapar de sus manos esa sustancia. Tiene en sus manos el instrumento que le permitirá borrar de la faz de la tierra a todas las potencias mundiales. Yo le facilitaré un préstamo ilimitado. ¿Quiere cincuenta o cien millones de libras? Puede tenerlas en una semana. A mà me basta con que sea usted hasta ahora el propietario exclusivo de la krakatita. Por el momento tenemos en poder de nuestra gente noventa y cinco gramos; se los trajo ese camarada sajón de Balttin. Pero esos idiotas no tienen ni idea de sus conocimientos quÃmicos. La guardan como una reliquia en una cajita de porcelana y unas tres veces por semana están a punto de liarse a palos por decidir qué edificio del mundo van a hacer saltar por los aires con ella. Pero ya los escuchará. Por esa parte no tiene nada que temer. En Balttin no ha quedado ni pizca de krakatita. Parece que el señor TomeÅ¡ está a punto de abandonar sus experimentos…
—¿Dónde está Jirka… Jirka Tomeš? —dejó escapar Prokop.