La krakatita

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VI

En la estación tuvo que esperar una hora y media. Estuvo sentado en el vestíbulo, temblando de frío. La mano herida le palpitaba con un dolor inhumano; cerraba los ojos y entonces le parecía que la mano dolorida crecía, que era tan grande como su cabeza, como una calabaza, como una olla para hervir la colada, y que en toda su extensión se contraía, ardiente, la carne desollada. Aparte de eso estaba mareado hasta la náusea y de la frente le brotaba constantemente el frío sudor de la angustia. No podía mirar las baldosas del vestíbulo, sucias, llenas de escupitajos y de barro, para evitar que se le revolviera el estómago. Se levantó las solapas del abrigo y cayó en un sueño superficial, vencido poco a poco por una infinita indiferencia. Soñó que era de nuevo soldado y que yacía herido a campo abierto; ¿dónde… dónde seguían luchando? En ese momento sonó bruscamente la campana y alguien anunció: «¡Týnice, Duchcov, Moldava, pasajeros al tren!».







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