La krakatita
La krakatita Daimon acercó una silla a Prokop y se sentó.
—Sà —empezó a decir ensimismado—, es incluso incomprensible. En toda la historia no ha existido un caso análogo al poder que usted tiene en sus manos. Conquistará el mundo con un puñado de personas, como Cortés conquistó América. No, ése no es el ejemplo adecuado. Con la krakatita y la estación tendrá en jaque al mundo entero. Es extraño, pero es asÃ. Basta un puñado de polvo blanco, y en el segundo establecido volará por los aires lo que usted ordene. ¿Quién podrÃa evitarlo? De facto, es usted el amo absoluto del mundo. Podrá dar órdenes sin que lo vea nadie. Es gracioso: puede usted bombardear desde aquÃ, me da igual, Portugal, o Suecia; en tres o cuatro dÃas suplicarán la paz, y usted establecerá las compensaciones, las leyes, las fronteras, lo que se le ocurra. En estos instantes existe una única potencia, y es usted mismo.
