La krakatita

La krakatita

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XLVIII

Daimon encendió el motor y subió al coche.

—Llegaremos en seguida.

El coche descendía de la Montaña de la Tentación y se dirigía hacia un ancho valle; volaba a través de la silente noche, se coló a través de un tranquilo paso de montaña y se detuvo ante una espaciosa casa de madera entre alisos: tenía el aspecto de un antiguo molino. Daimon se apeó del coche y condujo a Prokop hacia una escalinata de madera; pero allí se interpuso en su camino un individuo con las solapas levantadas.

—¿Contraseña? —preguntó.

—¡Chitón! —bramó Daimon, y se quitó las gafas de conducir.

El individuo se apartó y Daimon corrió escaleras arriba. Entraron en un gran cuarto de techo bajo que parecía un aula escolar: dos filas de bancos, un podio, una tarima y una pizarra; sólo que aquello estaba lleno de humo, miasmas y gritos. Los bancos estaban repletos de gente con el sombrero puesto: todos discutían, en el podio chillaba un patilargo de barba pelirroja, tras la tarima, de pie, estaba un enjuto anciano quisquilloso que tocaba una campana furibundo. Daimon fue directamente al podio y se subió a él.

—¡Camaradas! —gritó, y su voz sonó de un modo inhumano, como la de una gaviota—. Os he traído a alguien. El camarada Krakatita.


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