La krakatita
La krakatita —Amigos —comenzó en voz baja y como en un sueño—, la pasada noche… pagué un precio altÃsimo. VivÃ… y perdÃ… —Hizo acopio de todas sus fuerzas—. En ocasiones uno experimenta… un dolor tal, que… que ya no es sólo suyo. Entonces abres los ojos y comienzas a ver. El cosmos se sumió en la oscuridad y la tierra contiene el aliento atormentada. El mundo debe ser redimido. El hombre no podrÃa soportar su dolor si lo sufriera él solo. Todos vosotros habéis pasado un infierno, todos vosotros… —Echó un vistazo a la sala; todo se fundÃa en una especie de vegetación submarina que brillaba con luz tenue—. ¿Dónde tenéis guardada la krakatita? —preguntó de repente irritado—. ¿Dónde la habéis metido?
El anciano Mazaud levantó con cautela la reliquia de porcelana y se la puso a Prokop en las manos. Era la misma caja que habÃa dejado hace ya tiempo en su laboratorio de HybÅ¡monka. Abrió la tapa y escarbó con los dedos en el polvillo granulado, lo frotó, lo desmenuzó, lo olfateó, se puso una pizca en la lengua; reconoció su amargor astringente, intenso, y lo mordisqueó con placer.