La krakatita
La krakatita Luchaba con las palabras, se esforzaba por abarcar algo inefable; lo perdía al pronunciar cada palabra. Fruncía el ceño e intentaba deducir de la cara de sus oyentes si por casualidad habían captado el sentido de aquello que era imposible expresar de otro modo. Encontró una simpatía deslumbrante en los limpios ojos del tuberculoso y un esfuerzo de concentración en los abismados ojos azules del gigante barbudo de atrás; el arrugado personajillo bebía sus palabras con la entrega sin límites del creyente y la hermosa muchacha las recibía, medio tumbada, con eróticas sacudidas de su cuerpo. En cambio el resto de los rostros lo miraban ausentes, ajenos, con curiosidad o con creciente indiferencia. «¿Para qué demonios estoy hablando?».
—He vivido —continuó vacilante y hasta cierto punto ya enardecido—, he vivido todo… lo que un hombre puede vivir. ¿Por qué os lo digo? Porque eso no es suficiente para mí. Porque… aún no me he redimido; lo sublime no estaba allí. Está… hundido en el interior del hombre igual que la fuerza en la materia. Debes alterar la materia para que libere su fuerza. Uno debe desencadenarse, y alterar, y hacer pedazos, para liberar la llama más sublime. Aah, eso sería… eso sería demasiado, si ni siquiera entonces encontrara que… que había alcanzado… que… que…
Se atascó, se malhumoró, tiró la caja de krakatita a la tarima y se sentó.