La krakatita

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El coche se detuvo en un valle oscuro y boscoso. Prokop distinguió en la oscuridad unas torres de extracción y escombreras.

—Bueno, ya hemos llegado —murmuró Daimon—. Ésta es mi mina de metal y mi siderúrgica; nada del otro mundo. En fin, ¡baje!

—¿La dejo aquí? —preguntó Prokop en voz baja.

—¿A quién? Ahá, a su beldad. Despiértela, nos quedamos aquí.

Prokop se apeó con cuidado llevándola en sus brazos.

—¿Dónde la pongo?

Daimon abrió la cerradura de una casa siniestra.

—¿Cómo? Espere, tengo aquí varias habitaciones. Puede dejarla… Ya los acompaño yo hasta allí.

Encendió la luz y los condujo por fríos pasillos de oficinas; finalmente entró por una puerta y giró el interruptor. Era una espantosa habitación sin ventilar, con una cama deshecha y la persiana echada.

—Ahá —murmuró Daimon—, parece que ha pasado la noche aquí… un conocido. Esto no es muy bonito, ¿no? En fin, como la casa de un solterón. Déjela ahí, en la cama.

Prokop descargó el paquete, que descansaba en silencio. Daimon se paseaba y se frotaba las manos.


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