La krakatita

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Prokop, en su rincón, se estremecía sin apenas respirar: «Pero si es otra vez ella, la muchacha del velo. Ese cuerpo fuerte, adulto y bello es el suyo; de ese modo tan serio y tan hermoso se quitaba una prenda tras otra; así caía su cabello sobre sus serenos hombros; así, justo así se acariciaba, pensativa y encogida, sus carnosos y opacos brazos; y así, así…». Cerró los ojos con el corazón desbocado. «¿Acaso no la viste en una ocasión, al cerrar los ojos en la más absoluta soledad, cómo de pie, ante la apacible lámpara del hogar, volvía hacia ti el rostro y decía algo que no llegaste a oír? ¿Acaso entonces, retorciéndote las manos entre las rodillas, no vislumbraste, bajo tus párpados cerrados, el movimiento de su mano, un movimiento sencillo y grácil, que contenía toda la reposada y silenciosa alegría de un hogar? Una vez se te apareció, estaba de espaldas a ti con la cabeza inclinada sobre algo; y en otra ocasión la viste leyendo bajo una lámpara en la noche. ¿Es esto acaso sólo la continuación? ¿Desaparecería todo esto si abriera los ojos, y no quedaría más que la soledad?».

Abrió los ojos. La muchacha estaba tumbada en la cama, tapada hasta la barbilla y con los ojos clavados en él, poseída por un amor sumiso. Prokop se acercó a ella, se inclinó sobre su cara, estudió sus rasgos con repentina e impaciente atención. Ella le dirigió una mirada interrogante y le hizo un hueco a su lado.


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