La krakatita
La krakatita —No, no —murmuró él, y la besó suavemente en la frente—. Duerme. —Ella cerró obediente los ojos y parecÃa no respirar apenas.
Regresó de puntillas a su rincón. «No, no se parece», confirmó. Le pareció que la muchacha lo miraba por la rendija de sus párpados entreabiertos; aquello lo estaba torturando, no podÃa siquiera pensar. Se puso de mal humor, giró la cabeza, y finalmente se levantó de un salto y fue a mirarla de puntillas. TenÃa los ojos cerrados, apenas se percibÃa su respiración; era agraciada y afectuosa.
—Duerme —susurró. Ella hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza. Prokop apagó la luz y regresó a tientas y de puntillas a su rincón junto a la ventana.
Tras un rato que le pareció eterno y angustioso, se acercó sigilosamente a la puerta, como un ladrón. ¿Se despertarÃa? Vacilante, con la mano sobre el pomo de la puerta, con el corazón latiendo desbocado, abrió y salió a hurtadillas al patio.
Aún era de noche. Prokop miró a su alrededor, entre las escombreras, y trepó por la valla. Cayó al suelo, se sacudió, y buscó la carretera.
Apenas podÃa ver la carretera. Prokop echó un vistazo por los alrededores, temblando de frÃo. «¿A dónde, a dónde? ¿A Balttin?».