La krakatita
La krakatita Prokop se sentÃa como si viajaran a través de la apacible campiña de su infancia, pero habÃa demasiada niebla: la lucecilla apenas alcanzaba el borde del camino con oscilaciones parpadeantes; a ambos lados de la carretera la luz era desconocida y taciturna.
—Jojojot —se oyó al abuelo, y el caballito penetró desde la carretera directamente en aquel mundo empañado, mudo. Las ruedas se hundÃan en la blanda hierba. Prokop distinguió una vaguada, a ambos lados un bosquecillo sin hojas y un hermoso prado entre ellos.
—Prrr —gritó el viejecillo, y se apeó despacio del pescante—. Levántate —dijo—, ya hemos llegado. —Sin prisa, desabrochó el tirante—. Sabes, nadie va a venir a buscarnos aquÃ.
—¿Quién?
—… Los guardias. Reconozco que tiene que guardarse un orden… pero ellos siempre andan pidiendo no sé qué papeles… y permisos… y que de dónde vienes, y a dónde vas… Si yo ni siquiera entiendo de eso. —Desenganchó al caballo y lo confortó en voz baja—: Y tú calla, te daré un trozo de pan.
Prokop, entumecido por el viaje, se bajó del pescante.
—¿Dónde estamos?
