La krakatita
La krakatita No había nada. Tan sólo parecía que de cuando en cuando se abría un claro en la niebla: surgía el dibujo de una pared pintada, la moldura tallada de un armario, la esquina de una cortina o el friso del techo; o una cara se inclinaba sobre él, como sobre la boca de un pozo, una cara cuyos rasgos, sin embargo, no podía discernir. Sucedía algo, alguien humedecía de vez en cuando su boca, ardiente, o levantaba su cuerpo inerte, pero todo desaparecía en fragmentos de sueño que iban discurriendo. Eran paisajes, dibujos de alfombras, cálculos diferenciales, esferas de fuego, fórmulas químicas; sólo en ocasiones algo salía a la superficie y se convertía durante un instante en un sueño más nítido, para a continuación volver a desvanecerse en la corriente principal de la inconsciencia.
Finalmente llegó el momento en que volvió en sí. Vio sobre él un techo cálido y seguro con un friso de estuco. Sus ojos encontraron sus propias manos, mortecinamente blancas, sobre una colcha de flores; tras ellas hallaron el borde de la cama, un armario y una puerta blanca: todo agradable, tranquilo y ya familiar. No tenía ni idea de dónde se encontraba; quería reflexionar sobre ello, pero tenía la cabeza insufriblemente débil. Todo comenzó a resultar confuso de nuevo, así que cerró los ojos y descansó en un estado de resignada debilidad.
