La krakatita
La krakatita Alguien le estaba tirando de la manga. «Vamos, vamos», decÃa ese alguien, «ya tendrÃamos que ir despertándonos, ¿no?». Prokop abrió los ojos y vio a un anciano con una calva sonrosada y una barba blanca, gafitas doradas en la frente y una mirada vivaz.
—Deje de dormir, honorable señor —dijo—, ya es suficiente; o se despertará en el otro mundo.
Prokop, sombrÃo, miró de arriba abajo al anciano. Le apetecÃa echar una cabezadita.
—¿Qué quiere? —dijo porfiando—. ¿Y… con quién tengo el honor?
El anciano se echó a reÃr.
—El doctor Tomeš, para servirle. Usted no se ha dignado a reparar en mi existencia hasta ahora, ¿verdad? Pero no se preocupe por eso. Bueno, ¿cómo nos encontramos?
—Prokop —dijo el enfermo con frialdad.
—Bien, bien —respondió el doctor con satisfacción—. Y yo que pensaba que era usted la Bella Durmiente. Y ahora, señor ingeniero —dijo animado—, tenemos que echarle un vistazo. Bueno, no ponga mala cara —le escamoteó el termómetro de debajo de la axila y emitió un leve gruñido—. Treinta y ocho. Hombre de dios, está usted hecho una birria. Tenemos que alimentarlo, ¿verdad? No se mueva.
