La krakatita

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IX

A Prokop ya le permitían levantarse de la cama durante una horita al día. Por el momento arrastraba las piernas de cualquier manera y, por desgracia, no tenía mucha conversación; le dijeras lo que le dijeras, por lo general respondía con parquedad, a la vez que se disculpaba con una tímida sonrisa.

Digamos, por ejemplo, a mediodía (estamos a principios de abril): suele sentarse en el jardín en un banco. Junto a él el hirsuto terrier Honzík se ríe a mandíbula batiente bajo sus mojados bigotes de inspector, ya que por lo visto está orgulloso de su función de acompañante, y se relame y entorna los ojos de alegría cuando la zurda de Prokop, llena de cicatrices, le acaricia la tibia y peluda cabeza. A esa hora el doctor suele escaparse de la consulta, la gorra de vez en cuando le patina por la tersa calva, se pone en cuclillas y planta verduras; con sus gruesos y cortos dedos deshace los terrones de abono y rellena con cuidado la cama de los brotes jóvenes. Al rato se empieza a irritar y gruñe; ha clavado su pipa en algún lugar del huerto y no logra encontrarla. Entonces Prokop se incorpora y con la perspicacia de un detective (puesto que en la cama lee novelas de detectives) se dirige directamente hacia la pipa extraviada; lo cual aprovecha Honzík para sacudirse con gran alboroto.


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