Mentira
Mentira Esa noche, Xenia tomó una decisión peligrosa. Sabía dónde estaba Marcelo. Sabía cómo llegar al centro de menores. Si quería respuestas, tendría que ir directamente a la fuente.
Cerró su computadora, su corazón latiendo como un tambor. No había vuelta atrás. El juego de máscaras estaba a punto de terminar, y Xenia estaba decidida a ver qué había detrás de ellas.
El centro de menores se alzaba como una fortaleza, fría y sin vida, a las afueras de la ciudad. Xenia había pasado toda la noche planeando su visita, repasando en su cabeza cómo enfrentaría a Marcelo. Pero ahora, de pie frente a las puertas de hierro, sintió que el aire se volvía denso, casi imposible de respirar.
—¿Estás segura de esto? —le había preguntado su reflejo en el espejo esa mañana. Pero la verdad era que no lo estaba.
Con pasos vacilantes, se acercó al mostrador de recepción.
—Quiero ver a un interno —dijo, su voz temblando.
La recepcionista, una mujer de gesto severo y cabello recogido, levantó la mirada apenas un momento antes de responder.
—¿Nombre?
—Marcelo Hurtado.
