Nada
Nada Ena no dijo nada más, pero su expresión cambió. Y cuando se alejó, Andrea supo que no sería la última vez que la vería en Aribau. Algo más grande que ambas estaba a punto de desatarse, y ella no tenía manera de detenerlo.
Los mundos de Andrea comenzaron a colapsar en un solo eje de caos cuando Ena volvió a la casa de Aribau, pero esta vez no como una amiga despreocupada, sino como una pieza clave en un juego que Andrea no lograba comprender. La conexión entre Ena y Román se había profundizado, y la tensión que generaban juntos se sentía como una chispa en un cuarto lleno de gasolina.
Todo llegó al punto de quiebre una tarde cuando Ena y su madre visitaron la casa. Era una reunión inesperada, aparentemente cordial, pero Andrea sintió el peligro desde el momento en que cruzaron el umbral. La madre de Ena, elegante y fría, saludó a los habitantes de la casa con una mezcla de cortesía distante y ligera condescendencia.
—Así que esta es la famosa familia de Andrea —dijo, observando el salón desordenado con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Román, siempre el maestro del disfraz, la recibió con un aire de caballerosidad que Andrea sabía que era falso.
