Nada
Nada Esa frase resonó en su mente incluso después de que las luces de la casa se apagaron. Andrea no durmió esa noche. SabÃa que el secreto que Román y la madre de Ena compartÃan estaba en el centro de todo, y que tarde o temprano, la verdad saldrÃa a la luz.
Y asà fue. Al dÃa siguiente, Ena llegó sola a la casa. Andrea la recibió en la entrada, decidida a detenerla.
—No puedes seguir viniendo aquà —le dijo, su voz llena de desesperación.
—Andrea, no me hagas esto —respondió Ena, sus ojos buscando respuestas en el rostro de su amiga—. Hay algo que necesito saber, y solo Román puede decÃrmelo.
Andrea quiso gritar, pero las palabras no salieron. Ena pasó junto a ella, y en ese momento, Andrea supo que el cruce de sus destinos estaba sellado. Lo que estaba a punto de suceder cambiarÃa todo para siempre.
El dÃa en que la verdad salió a la luz, la casa de Aribau se sintió más opresiva que nunca. Andrea no podÃa apartar la mirada de Ena y Román mientras hablaban en el salón, sus voces apenas audibles desde el pasillo donde se escondÃa. La tensión en el aire era insoportable, como si todo el lugar estuviera a punto de derrumbarse.
