Nada
Nada —Aquà todos están locos —susurró Gloria a Andrea después de un enfrentamiento particularmente brutal con Juan. Su voz temblaba, y los moretones en sus brazos contaban una historia que no necesitaba palabras.
Andrea comenzó a entender que la casa no solo estaba rota por fuera. Los fragmentos de una guerra que todos intentaban olvidar seguÃan incrustados en sus habitantes, como esquirlas que no podÃan ser extraÃdas. Y a medida que los dÃas pasaban, Andrea sentÃa que esas esquirlas empezaban a hundirse en su propia piel.
Pero lo peor estaba por venir. Una noche, mientras intentaba conciliar el sueño, Andrea escuchó un murmullo desde la habitación de Román. Se levantó, descalza, y caminó por el pasillo oscuro. La puerta estaba entreabierta. Dentro, Román hablaba en voz baja con alguien al otro lado del teléfono.
—Es un juego peligroso —decÃa, su tono cargado de una amenaza sutil. Andrea contuvo el aliento. ¿De qué hablaba? ¿Con quién?
Cuando Román colgó, Andrea retrocedió rápidamente hacia su habitación. En la oscuridad, sintió que algo en esa casa estaba a punto de romperse, de manera definitiva e irrevocable.
