Nada
Nada Ena era un faro en la vida de Andrea, un respiro que contrastaba con la oscuridad opresiva de la casa de Aribau. Su cabello brillante y sus risas despreocupadas eran un recordatorio de lo que Andrea anhelaba: una vida sencilla, llena de luz. Juntas, paseaban por las calles de Barcelona, escapando momentáneamente de los demonios que Andrea dejaba en casa.
—¿Alguna vez pensaste en huir de todo? —preguntó Andrea mientras cruzaban la Plaza de la Universidad.
Ena la miró con una mezcla de curiosidad y preocupación.
—¿Huir? No, pero a veces sueño con ser otra persona. ¿Por qué lo preguntas?
Andrea se encogió de hombros, ocultando la tormenta en su interior.
—Por nada. Olvídalo.
La relación con Ena pronto se volvió un refugio. Andrea se aferraba a esa amistad como si fuera su ancla en un mundo caótico. Ena, sin saberlo, era la única razón por la que Andrea lograba soportar las noches interminables y los días llenos de tensiones en Aribau.
