Las madres (La novia gitana 4)
Las madres (La novia gitana 4) Zárate, sin embargo, se aleja. Visita la tumba de Chesca. Recuerda sus ojos. Su olor. Su muerte absurda. No soporta la idea de otra niña rota. Ni de otra mujer ardiendo desde dentro. Él está cayendo, lenta pero irremediablemente.
—No puedo, Elena —confiesa—. No puedo con todo esto. Ni contigo. Ni con la niña.
—Entonces vete —responde ella, helada—. Pero no vuelvas cuando todo esté en ruinas.
En paralelo, una mujer llamada Yamila entra en escena. Vive en Madrid, pero su alma pertenece a La Habana. Es santera, es madre, y guarda un secreto: fue quien ayudó a Violeta cuando llegó de México. Sabe lo que pasa. Sabe quién está detrás. Pero calla. Porque hablar serÃa firmar su sentencia de muerte.
En las sombras, alguien prepara el siguiente sacrificio. Y esta vez, no será un hombre. Será una mujer. La verdadera madre.
Madrid hierve bajo el peso del verano y de los secretos. Elena Blanco ha dejado de dormir. El caso la consume, pero no es solo el horror lo que la desvela. Es la sensación de que algo —o alguien— mueve los hilos desde un lugar que no pueden ver. Porque cada paso que dan, cada pista que encuentran, se disuelve antes de tocarla.
