A traves del espejo
A traves del espejo Al momento comenzaron a acudir soldados corriendo desde todas partes del bosque, primero de a dos y de a tres, luego en grupos de diez y veinte, y finalmente en cohortes tan numerosas que parecÃan llenar el bosque entero. Alicia se refugió tras un árbol por miedo a que fueran a atropellarla y estuvo asà viéndolos pasar.
Pensó que nunca habÃa visto en toda su vida soldados de pÃe tan poco firme: constantemente estaban tropezando con una cosa u otra de la manera más torpe, y cada vez que uno de ellos daba un traspiés y rodaba por el suelo, muchos otros más caÃan detrás sobre él, de forma que al poco rato todo el suelo estaba cubierto de soldados apilados en pequeños montones.
Entonces aparecieron los caballos. Como tenÃan cuatro patas, se las arreglaban mejor que los soldados; pero incluso aquellos tropezaban de vez en cuando y a juzgar por el resultado, parecÃa ser una regla bien establecida la de que cada vez que tropezaba un caballo, su jinete debÃa de caer al suelo en el acto. De esta manera, la confusión iba aumentando por momentos y Alicia se alegró mucho de poder salir del bosque, por un lugar abierto en donde se encontró con el Rey blanco sentado en el suelo, muy atareado escribiendo en su cuaderno de notas. -¡Los he mandado a todos! -exclamó regocÃjado el Rey al ver a Alicia. -¿Por casualidad no habrás visto a unos soldados, querida, mientras venÃas por el bosque?
