A traves del espejo
A traves del espejo A pesar del susto que se habÃa llevado, Alicia estaba en aquel momento más preocupada por él que por sà misma y estuvo observando con no poca ansiedad cómo montaba nuevamente sobre su cabalgadura. Tan pronto como se hubo instalado cómodamente en su silla, empezó otra vez a proclamar: -¡Eres mi...! -pero en ese preciso instante otra voz le atajó con nuevos gritos de-: ¡Hola! ¡Hola! ¡Jaque! -y Alicia se volvió, bastante sorprendida, para ver al nuevo enemigo.
Esta vez era el caballero blanco. Cabalgó hasta donde estaba Alicia y al detenerse su montura se desplomó a tierra tan pesadamente como antes lo hubiera hecho el caballero rojo: luego volvió a montar y los dos caballeros se estuvieron mirando desde lo alto de sus jaeces sin decir palabra durante algún rato. Alicia miraba ora al uno ora al otro, bastante desconcertada.
-¡Bien claro está que la prisionera es mÃa! -reclamó al fin el caballero rojo.
-¡SÃ, pero luego vine yo y la rescaté! -replicó el caballero blanco. -¡Pues entonces hemos de batirnos por ella! -declaró el caballero rojo, mientras recogÃa su yelmo (que traÃa colgado de su silla y tenÃa una forma asà como la cabeza de un caballo) y se lo calaba.