A traves del espejo

A traves del espejo

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Tres sillas formaban la cabecera de la mesa: la Reina roja y la Reina blanca habían ocupado ya dos de ellas, pero la del centro permanecía vacía. En esa se fue a sentar Alicia, un poco azarada por el silencio y deseando que alguien rompiese a hablar.

Por fin empezó la Reina roja: -Te has perdido la sopa y el pescado --dijo-. ¡Qué traigan el asado! -Y los camareros pusieron una pierna de cordero delante de Alicia, que se la quedó mirando un tanto asustada porque nunca se había visto en la necesidad de trinchar un asado en su vida.

-Pareces un tanto cohibida: permíteme que te presente a la pierna de cordero -le dijo la Reina roja-: Alicia..., Cordero; Cordero..., Alicia. --La pierna de cordero se levantó en su fuente y se inclinó ligeramente ante Alicia; y Alicia le devolvió la reverencia no sabiendo si debía de sentirse asustada o divertida por todo esto.

-¿Me permiten que les ofrezca una tajada? -dijo tomando el cuchillo y el tenedor y mirando a una y a otra reina.

-¡De ningún modo! -replicó la Reina roja muy firmemente-: Sería una falta de etiqueta trinchar a alguien que nos acaba de ser presentado. ¡Qué se lleven el asado! -Y los camareros se lo llevaron diligentemente, poniendo en su lugar un gran budín de ciruelas.


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