A traves del espejo
A traves del espejo -Cuando te oigo llamar «colina» a aquello... ¡Podría enseñarte montes a cuyo lado esa sólo parecería un valle!
-Eso sí que no lo creo -dijo Alicia, sorprendida de encontrarse nada menos que contradiciendo a la Reina-. Una colina no puede ser un valle, ya sabe, por muy pequeña que sea; eso sería un disparate...
La Reina roja negó con la cabeza: -Puedes considerarlo un disparate, si quieres -dijo-, ¡pero yo te digo que he oído disparates a cuyo lado éste tendría más sentido que todo un diccionario!
Alicia le hizo otra reverencia, pues el tono con que había dicho esto le hizo temer que estuviese un poquito ofendida; y así caminaron en silencio hasta que llegaron a la cumbre del montecillo.
Durante algunos minutos Alicia permaneció allí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones...
¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las franjas de terreno que quedaban entre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivos que iban de orilla a orilla.