Alicia a través del espejo
Alicia a través del espejo —Por supuesto, guardaréis las reglas del combate, ¿no? —observó el caballero blanco mientras se calaba él también su yelmo.
—Siempre lo hago —aseguró el caballero rojo.
Y empezaron ambos a golpearse a mazazos con tanta furia que Alicia se escondió tras un árbol para protegerse de los porrazos.
—¿Me pregunto cuáles serán esas reglas del combate? —se dijo mientras contemplaba la contienda, asomando tÃmidamente la cabeza desde su escondrijo—. Por lo que veo, una de las reglas parece ser la de que cada vez que un caballero golpea al otro lo derriba de su caballo; pero si no le da, el que cae es él…, y parece que otra de esas reglas es que han de agarrar sus mazas con ambos brazos, como lo hacen los tÃteres del guiñol…, ¡y vaya ruido que arman al caer, como si fueran todos los hierros de la chimenea cayendo sobre el guardafuegos! Pero, ¡qué quietos que se quedan sus caballos! Los dejan desplomarse y volver a montar sobre ellos como si se tratara de un par de mesas.
Otra de las reglas del combate, de la que Alicia no se percató, parecÃa ser la de que siempre habÃan de caer de cabeza; y efectivamente, la contienda terminó al caer ambos de esta manera, lado a lado. Cuando se incorporaron, se dieron la mano y el caballero rojo montó sobre su caballo y se alejó galopando.