Alicia a través del espejo
Alicia a través del espejo —¡Y qué enorme tamaño el de esas flores! —fue lo siguiente que se le ocurrió. Han de ser algo asà como cabañas sin techo, colocadas sobre un tallo… y ¡que cantidades de miel que tendrán dentro! Creo que voy a bajar allá y… pero no, tampoco hace falta que vaya ahorita mismo… —continuó, reteniéndose justo a tiempo para no empezar a correr cuesta abajo, buscando una excusa para justificar sus súbitos temores—. No serÃa prudente aparecer asà entre esas bestias sin una buena rama para espantarlos… y ¡lo que me voy a reÃr cuando me pregunten que si me gustó el paseo y les conteste: «Ay, sÃ, lo pasé muy bien… (y aquà hizo ese mohÃn favorito que siempre hacia con la cabeza)… sólo que hacÃa tanto polvo y tanto calor… y los elefantes se pusieron tan pesados!»
—Será mejor que baje por el otro lado —dijo después de pensarlo un rato—que a los elefantes ya tendré tiempo de visitarlos más tarde. Además, ¡tengo tantas ganas de llegar a la tercera casilla!
Asà que con esta excusa corrió cuesta abajo y cruzó de un salto el primero de los seis arroyos.
—¡Billetes, por favor! —pidió el inspector, asomando la cabeza por la ventanilla.
En seguida todo el mundo los estaba exhibiendo: tenÃan más o menos el mismo tamaño que las personas y desde luego parecÃan ocupar todo el espacio dentro del vagón.