Silvia y Bruno

Silvia y Bruno

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—Así que todos degdesaron a casa sanos y salvos —concluyó Bruno, tras esperar un instante para ver si yo tenía algo que decir; saltaba a la vista que a él le parecía que debía hacerse alguna observación. Y yo no pude evitar desear que existiese una regla tal en la sociedad que estableciera que, al finalizar una canción, el propio cantante debía decir lo que se esperaba y no dejárselo al público. Supongamos que una joven dama acaba de gorgoritear («con voces rotas») la exquisita letra de Shelley «Me despierto tras soñar contigo»[*]: ¡cuánto más agradable sería que, en vez de tener que decir uno! «¡Oh, gracias, gracias!», que fuera la joven dama la que hiciese el comentario, mientras se pone los guantes y las apasionadas palabras «¡Oh, apriétalo contra el tuyo o terminará por romperse!» ¡aún resuenan en los oídos!

—… pero no lo hizo, ¿sabe? De modo que al final se rompió.

—¡Sabía que pasaría! —añadió ella en voz baja, a la vez que yo daba un respingo por el repentino estrépito del cristal roto—. Ha estado usted el último minuto sujetando la copa de lado, ¡y dejando que se derramara todo el champán! ¿Se había dormido? ¡Siento muchísimo que mi canción haya tenido un efecto tan narcótico!


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