Silvia y Bruno
Silvia y Bruno —No le quedó más demedio —sentenció Bruno.
Yo aventuré otra pregunta:
—¿Pero qué pasó con el hombre que dijo: «Puedes quedarte por aquà hasta que yo vuelva»?
—No dijo «puedes quedad te» —explicó Bruno—. Dijo «te quedarás». Igual que me dice Silvia: «Estudiarás tus leciones hasta las doce». ¡Oh, ojalá —añadió con un leve suspiro—. Silvia dijera: «Puedes estudiad tus leciones»!
Silvia debió de pensar seguramente que aquel era un tema de discusión peliagudo, por lo que volvió al relato:
—¿Pero qué pasó con el hombre?
—Bueno, el león se alabanzó sobde él. Pero taddó tanto en caed que estuvo tdes semanas en el aire…
—¿Y se quedó el hombre esperando todo ese tiempo? —inquirÃ.
—¡Claro que no! —repuso Bruno, deslizándose de cabeza por el tallo de la dedalera hasta el suelo, pues la historia se acercaba claramente a su fin—. Vendió su casa e hizo las maletas, mientdas el león caÃa. Y se mudó a otda ciudad. Asà que el león se comió al hombde equivocado.
Aquello era obviamente la moraleja; de manera que Silvia realizó su último anuncio a las ranas: