Silvia y Bruno
Silvia y Bruno El toque de queda del amor
—¡Estación de Fayfield, cambio de tren a Elveston!
¿Qué sutil recuerdo, conectado con estas corrientes palabras, podÃa estar provocando tal avalancha de pensamientos felices en mi cerebro? Me apeé del coche en un estado de jovial excitación que en un principió no me vi capaz de explicar. Cierto, habÃa emprendido este mismo viaje, y a la misma hora del dÃa, seis meses antes, pero muchas cosas habÃan sucedido desde entonces, y la memoria de un anciano no posee más que una leve retentiva de los acontecimientos recientes: busqué «el eslabón perdido» en vano. De repente mi mirada se topó con un banco —el único existente en el desangelado andén— en el cual habÃa una dama sentada, y entonces toda la escena que habÃa olvidado me asaltó de manera tan vivida como si estuviese teniendo lugar otra vez.
«Sà —pensé—: ¡este andén desnudo está, para mÃ, adornado con el recuerdo de una vieja amiga! Estaba sentada en ese mismo banco, y me invitó a compartirlo con ella, mediante una cita de Shakespeare… no recuerdo cuál. Probaré el plan de dramatización de la vida del earl, e imaginaré que esa figura es lady Muriel; ¡y no tendré demasiada prisa por desengañarme!».
