Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Allende estas voces
—¡No he oÃdo bien lo que ha dicho! —fueron las siguientes palabras que llegaron a mis oÃdos, pero ciertamente no en la voz de Silvia ni de Bruno, a los cuales distinguÃa, entre la multitud de invitados, de pie junto al piano, y escuchando la canción del conde—. Quien hablaba era Mein Herr ¡No he oÃdo bien lo que ha dicho! —repitió—. Pero no me cabe duda de que coincide conmigo. MuchÃsimas gracias por su cordial atención. ¡Sólo queda por cantar una estrofa! —Estas últimas palabras no fueron pronunciadas por la apacible voz de Mein Herr, sino por la profunda voz de bajo del conde francés. Y, en el silencio subsiguiente, la última estrofa de la canción de Tottles resonó por la habitación.
Ved qué tranquila reside la pareja
en su nuevo nidito de las afueras.
La mujer, entre lágrimas, resignada,
acepta llevar una vida más llana.
Pero de rodillas pide una merced:
«¡Tesorito, no te enfades, te lo ruego:
puede que mamá venga por dos o tres…!».
«¡Ni pensarlo!», aulló Tottles (e iba en serio).