Silvia y Bruno

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Fue en 1874, creo, cuando se me ocurrió por primera vez la idea de convertirlo en el núcleo de una historia más larga. Con los años, fui anotando, de cuando en cuando, toda clase de ideas curiosas y fragmentos de diálogo que me sobrevenían —¿quién sabe cómo?— de un modo tan fugaz que no me quedaba más opción que apuntarlos de inmediato o abandonarlos al olvido. A veces uno podía rastrear el origen de estos pensamientos aleatorios y efímeros —como inspiraciones nacidas del libro que se estaba leyendo, o como una chispa provocada en el «pedernal» de la mente de uno por el «acero» de un comentario casual de un amigo—, pero también poseían una manera propia de darse sin motivo alguno: muestras de ese fenómeno absolutamente ilógico, «un efecto sin causa». Tal, por ejemplo, fue la última línea de La caza del snark, que me vino a la cabeza (como ya relaté en el número de abril de 1887 de The Theatre) de forma bastante repentina, durante un paseo a solas; y tales, de nuevo, han sido pasajes que se me ocurrieron en sueños, y cuya causa precedente me es completamente imposible ubicar. En este libro aparecen al menos dos casos de estas inspiraciones oníricas: una, la observación de milady «Se trata a menudo de algo hereditario; igual que el amor por la repostería» en la p. 100; la otra, la chanza de Eric Lindon acerca de haber trabajado en diversos empleos, en la p. 256.


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