El Cadiceño
El Cadiceño —Pierdan cuidado, que yo lo haré —exclama la patrona—. He ido muchas veces por allÃ.
Ni dicho ni hecho.
Sin abandonar el paraguas, ni la capa, ni el cigarro, se pasean por la ciudad, y entran en casi todas las tiendas para comprar algunos objetos que regalar a su gente como nativas de Cais.
La patrona les enseña después el camino como a extranjeros que han perdido su ruta; ellos se dejan guiar como si lo ignorasen, y emprenden la marcha con el aire más grave que pueden, teniendo buen cuidado de llevar el puro en los labios y el andulú en la punta de la lengua. Ninguno sabe decir una sola palabra en gallego, y casi están por olvidarse de la puerta de su casa y del nombre de sus amigos. Lo que no deja a veces de causar risa a las gentes maliciosas, que no son pocas entre nuestros aldeanos; pero los pollinos que, cargados, siguen a los forasteros, imponen respeto a los más, y cada cual cree adivinar un tesoro tras el coero de Montevideo de que están hechos los bayules.
El padre, la madre, el hermano o la esposa notan bien pronto, después de los transportes del primer momento, que el que vuelve al hogar de la familia no es ya el hombre que era antes, lo cual en nada disminuye el cariño que le profesan: por el contrario, hace nacer en su alma hacia el recién venido cierto respeto, del que se enorgullecen.
