Poemas & Elegias

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«¿Así, tú, pérfido, a mí, llevada lejos de los altares de mi patria, me has abandonado en una playa desierta, pérfido Teseo? ¿Así, al marcharte, despreciada la voluntad de los dioses, desmemoriado, ay, llevas a casa perjurios sacrílegos? ¿Nada 135 pudo doblegar la decisión de tu mente cruel? ¿Ningún tipo de clemencia tuviste presente que indujera a tu duro corazón a compadecerse de mí? Pero no fueron éstas las promesas que me hiciste en otro tiempo con halagüeñas palabras; no fueron 140 éstas las que me mandabas esperar en mi desdicha, sino un matrimonio alegre, unas anheladas bodas, promesas todas vanas que los vientos disipan en el aire. Ahora ya ninguna mujer se fíe del juramento de un hombre, ninguna espere que las palabras de un hombre le resulten fieles. Mientras su alma deseo145 sa de algo quiere con fuerza conseguirlo, no tienen miedo a jurar, no se abstienen de prometer; pero, tan pronto como el capricho de su codiciosa mente se ha saciado, no temen a sus palabras, nada le preocupan sus perjurios. Por cierto que yo te salvé a ti, que te agitabas en medio de un torbellino de muerte, y decidí perder a mi hermano antes que faltarte a ti, embustero, 150 en el momento supremo. En pago a esto yo voy a ser entregada al desgarro de las fieras y como botín de las aves de presa y, muerta, no me va a cubrir ni un puñado de tierra. ¿Qué leona te parió al pie de solitaria roca? ¿Qué mar te concibió y te escu155 pió de sus espumosas aguas? ¿Qué Sirtes[177], qué voraz Escila, qué colosal Caribdis te engendraron a ti, que devuelves en pago de tu dulce vida semejantes premios? Aunque no te hubiese agradado el matrimonio conmigo porque temblabas ante 160 las severas órdenes de un padre anciano, pudiste, al menos, llevarme a tu palacio, para que te sirviera de esclava con un trabajo alegre, acariciando las blancas plantas de tus pies con limpias aguas, cubriendo tu cama de colcha escarlata. Pero ¿a qué lamentarme en vano, abatida por mi desgracia, a unos aires in165 sensibles, privados de todos los sentidos, que ni pueden oír mis quejas, ni contestar a mis palabras? Y él ya casi se encuentra en mitad del mar y ningún mortal aparece en la costa vacía. Así una suerte cruel, ensañándose en exceso en mi última hora, 170 quita oídos a mis quejas. Júpiter todopoderoso, ¡ojalá desde el primer momento no hubiesen tocado las naves cecropias las costas de Gnosos, ni, llevando crueles tributos al toro indomable, el pérfido marinero hubiese atado amarras en Creta, ni este 175 malvado, ocultando con suave apariencia crueles proyectos, hubiese descansado en mi palacio como huésped! Pues, ¿a dónde me volveré? Perdida, ¿a qué esperanza me puedo agarrar en mi perdición? ¿Buscaré las montañas del Ida? Pero apartándome con hondo abismo me separa la amenazadora su180 perficie del mar. ¿Podría esperar la ayuda de mi padre? ¿No lo abandoné yo misma por seguir a un joven manchado con la sangre de mi hermano? ¿Es que podría consolarme a mí misma con el fiel amor de un esposo? ¿No era tal el que huye curvando en el abismo sus flexibles remos? Además, esta isla solita185 ria no está habitada de ningún albergue humano, ni se ofrece ninguna posibilidad de salida del mar con las aguas que la ciñen. Ningún medio de fuga, ninguna esperanza. Todo está en silencio, todo desierto, todo es una ostentación de la muerte. Sin embargo, mis ojos no languidecerán con ella, ni mis senti190 dos se retirarán de mi agotado cuerpo, sin que, traicionada, reclame a los dioses un justo castigo y suplique su fidelidad en mi última hora. Por ello, Euménides[178], que castigáis los delitos de los hombres con pena vengadora, cuya frente coronada de una cabellera de serpientes muestra las iras que brotan del co195 razón, aquí, aquí, allegaos, oíd mis lamentos, que yo, ay, desdichada, me veo obligada a sacar de mis profundas entrañas, sin recursos, enardecida y ciega de un furor que me enloquece. Ya que estas verdades nacen de lo más hondo de mi corazón, vosotras no consintáis que mi dolor se disipe, sino que con la 200 misma memoria con que Teseo me dejó sola, con esta memoria, diosas, lleve el luto a sí mismo y a los suyos».


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